La resiliencia ecológica y las heridas que no desaparecen
Hace unos días conversaba con una amiga sobre las cosas que nos habían ocurrido en los últimos años.
Ninguna de las dos salió ilesa. Hubo pérdidas, decepciones, momentos en los que parecía que todo se detenía y otros en los que simplemente tuvimos que aprender a seguir adelante porque no existía otra opción. Mientras hablábamos, surgió una palabra que escuchamos con frecuencia: resiliencia.
Sin embargo, hubo algo que no terminaba de convencerme de la forma en que solemos utilizarla.
Muchas veces se habla de la resiliencia como si significara recuperarse por completo, volver a ser la persona que uno era antes de la adversidad o salir fortalecido de una experiencia difícil. Pero la realidad suele ser más compleja. Algunas heridas permanecen. Hay acontecimientos que modifican nuestra manera de ver el mundo y dejan una marca que no desaparece con el tiempo.
Lo que cambia no es la existencia de la herida, sino nuestra relación con ella.
Aquella conversación me hizo pensar que quizá la resiliencia no consiste en olvidar, sino en aprender a vivir con aquello que nos transformó.
Días después, mientras leía sobre resiliencia ecológica para un proyecto, encontré una idea que me sorprendió por su cercanía con esa reflexión.
En la década de 1970, el ecólogo canadiense C. S. Holling propuso una forma distinta de entender cómo responden los ecosistemas a las perturbaciones. Hasta entonces predominaba la idea de que la naturaleza tendía siempre a regresar a un estado de equilibrio. Holling observó que la realidad era diferente.
Cuando un bosque atraviesa un incendio, no vuelve a ser exactamente el mismo. Algunas especies desaparecen, otras ocupan nuevos espacios y las relaciones ecológicas se reorganizan. El paisaje cambia. Sin embargo, el ecosistema conserva su capacidad de sostener vida.
La resiliencia ecológica no consiste en regresar al punto de partida.
Consiste en mantener la capacidad de seguir funcionando después del cambio.
Mientras avanzaba en la lectura, no podía dejar de pensar en las personas.
Con frecuencia imaginamos la fortaleza como la capacidad de reconstruir exactamente lo que existía antes de una crisis. Pero ni los ecosistemas ni las personas parecen funcionar de esa manera. Después de ciertas experiencias ya no somos los mismos. Algo cambia en nuestra forma de entender el mundo, de relacionarnos con otros o de comprender nuestra propia historia.
Y quizás eso no sea un fracaso.
Quizás sea parte del proceso.
La naturaleza parece enseñarnos que sobrevivir no significa permanecer intactos. Significa reorganizarse. Adaptarse. Encontrar nuevas formas de equilibrio cuando las condiciones originales ya no existen.
Los bosques lo hacen después de los incendios. Los arrecifes después de las tormentas. Los humedales después de las sequías.
Nosotros también.
No dejamos atrás todas nuestras heridas. Algunas nos acompañan durante años. Otras permanecen toda la vida. Pero aprendemos a construir proyectos, amistades, afectos y sueños alrededor de ellas. Aprendemos a seguir creando sentido incluso cuando ciertas preguntas nunca encuentran una respuesta definitiva.
Quizá por eso la resiliencia ecológica me resultó tan fascinante.
Porque me recordó que la permanencia no depende de conservar intacto lo que alguna vez fuimos.
Depende de nuestra capacidad para incorporar el cambio a nuestra historia sin dejar de construir vida.
La naturaleza no borra las cicatrices de sus perturbaciones. Las convierte en parte de su paisaje.
Tal vez nosotros hacemos exactamente lo mismo.
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