Donde habita el asombro
La mejor parte de mis días en el laboratorio nunca fue obtener un resultado. Era llegar antes que todos. Entrar cuando los pasillos aún estaban vacíos. Encender las luces una por una. Escuchar el silencio del edificio mientras despertaba lentamente. Preparar café y, mientras esperaba, revisar las bitácoras para recordar qué experimento me esperaba ese día. Todavía puedo recordar ese momento con claridad. El aroma del café mezclándose con los rastros de solventes en el ambiente. La computadora iniciando. Los primeros correos de la mañana. Las anotaciones pendientes. Y después, ese sonido inconfundible de la cafetera anunciando que el café estaba listo. Servir la primera taza. Tomar el primer sorbo. Y sentir, aunque fuera por unos segundos, que estaba exactamente donde quería estar. Durante muchos años pensé que lo único importante era dedicarme a aquello que amaba. No importaba cuánto ganara, me decía. Lo importante era hacer ciencia. Con el tiempo comprendí que la vida es más com...

