Echar raíces
Durante años estudié plantas.
Analicé su metabolismo, sus compuestos y las estrategias químicas que utilizan para sobrevivir. Aprendí que muchas de las moléculas que producen no existen para ayudarnos a nosotros. Existen para ayudarlas a ellas.
Las plantas generan compuestos para defenderse, adaptarse, comunicarse y responder a los desafíos de su entorno.
Siempre encontré fascinante esa capacidad.
Sin embargo, después de tantos años observándolas desde la ciencia, fue una experiencia mucho más sencilla la que me hizo verlas de otra manera.
Hace algunas semanas decidí colocar plantas en mi estudio.
No elegí grandes macetas ni especies exóticas.
Elegí esquejes.
Pequeños fragmentos de una planta que coloqué en agua.
Y entonces comenzó la espera.
Durante días no ocurrió nada visible.
Al menos nada que pudiera apreciarse a simple vista.
Pero la planta estaba trabajando.
Adaptándose.
Reconociendo un entorno distinto.
Preparándose para generar raíces.
Cada mañana observaba el recipiente esperando encontrar algún cambio. Y poco a poco aparecieron las primeras señales de crecimiento.
Nada espectacular.
Nada inmediato.
Simplemente raíces.
Pequeñas, discretas y silenciosas.
Y mientras las observaba, no pude evitar pensar en nosotros.
Vivimos en una época que celebra las flores.
Celebramos los logros, los resultados visibles, los reconocimientos y los momentos de éxito.
Pero rara vez hablamos de las raíces.
De esos periodos en los que parece que nada está ocurriendo.
De los cambios de ciudad.
De los nuevos proyectos.
De las decisiones que nos obligan a empezar desde cero.
De los momentos en los que estamos intentando adaptarnos a un entorno que no era el que imaginábamos.
Quizá por eso me resultó tan fácil identificarme con aquellos esquejes.
Porque antes de crecer hacia afuera, tuvieron que crecer hacia adentro.
Antes de mostrar nuevas hojas, tuvieron que construir aquello que nadie vería.
Las raíces.
Y tal vez el crecimiento personal funcione de la misma manera.
A veces creemos que estamos estancados porque no vemos resultados inmediatos.
Pensamos que no estamos avanzando porque todavía no florecemos.
Pero quizá estamos haciendo algo igual de importante.
Quizá estamos echando raíces.
Fortaleciendo aquello que sostendrá nuestro crecimiento futuro.
Aprendiendo.
Adaptándonos.
Construyendo.
Las plantas parecen entender algo que nosotros olvidamos con frecuencia: cada proceso tiene su tiempo.
Nadie le exige a un esqueje que florezca al día siguiente.
Primero necesita adaptarse.
Después necesita enraizar.
Y solo entonces puede comenzar a crecer.
Desde que coloqué aquellas plantas en mi estudio, el espacio se transformó.
Hay más vida, más color y una sensación distinta en el ambiente.
Pero el cambio más interesante no ocurrió en la habitación.
Ocurrió en mí.
Porque cada vez que observo esas raíces crecer dentro del agua, recuerdo que algunas de las transformaciones más importantes suceden lejos de la vista.
Y que, a veces, crecer no significa avanzar más rápido.
Significa tener la paciencia suficiente para echar raíces antes de florecer.
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